Las palabras no solo representan nuestra experiencia, sino que, a menudo, la “encuadran”. Y lo hacen mostrando en primer plano ciertos aspectos de la experiencia y dejando otros en la sombra. Consideremos, por ejemplo, palabras conectivas como “pero”, “y”, “aunque”. Cuando conectamos ideas o experiencias con esta clase de palabras, enfocamos la atención sobre distintos aspectos de ellas. Cuando una persona nos dice que “Hoy es un día soleado, pero mañana lloverá”, nos mueve a centrar más nuestra atención sobre la preocupación de la lluvia de mañana que sobre el buen día que hace hoy. Si alguien, en cambio, conecta ambas frases con la palabra “y” “Hoy luce el sol y mañana lloverá”, el resultado queda equilibrado. Finalmente, si la palabra conectiva es “aunque” “Hoy luce el sol, aunque mañana lloverá”, el efecto resultante consiste en centrar nuestra atención sobre la primera parte de la manifestación, el buen día que hace hoy, dejando la otra en segundo término.

Algunas palabras “enmarcan” nuestras experiencias, colocando en primer plano ciertos aspectos de las mismas.

Esta clase de encuadre y “reencuadre” verbal ocurre en todos los casos, con independencia de cuál sea el contenido que se expresa. Por ejemplo, las afirmaciones “Hoy me siento feliz, pero sé que no durará”, “hoy me siento feliz y sé que no durará” y “Hoy me siento feliz, aunque sé que no durará”, generan cambios de énfasis similares a los de las declaraciones anteriores. Lo mismo sucede con las expresiones “deseo alcanzar mi objetivo, pero tengo un problema”, “deseo alcanzar mi objetivo y tengo un problema” y “deseo alcanzar mi objetivo, aunque tengo un problema”. Cuando alguna estructura se ajusta de este modo a diferentes contenidos, la denominamos “patrón”. Algunas personas, por ejemplo, funcionan con un patrón habitual que minimiza constantemente el lado positivo de su experiencia con la palabra “pero”.

Esta clase de marco verbal puede influir en gran medida sobre el modo en que interpretamos afirmaciones y situaciones concretas y, por ende, en el modo en que respondemos ante ellas. Veamos la siguiente afirmación: “puedes lograr lo que te propongas si estás dispuesto a trabajar duro”. Se trata de una creencia sumamente afirmadora y potenciadora, que conecta dos partes significativas de la experiencia en una relación de causa y efecto: “lograr lo que te propongas” y “estar dispuesto a trabajar duro”. “Lograr lo que te propongas”, constituye, sin duda, algo sumamente motivador. Sin embargo, eso de “trabajar duro” ya no es tan apetecible. No obstante, al ir unidos ambos conceptos con “lograr lo que te propongas” en primer lugar, el conjunto genera un fuerte sentido de motivación, que conecta un sueño o un deseo con los recursos necesarios para convertirlo en realidad.

Observa ahora lo que sucede si le das la vuelta a la expresión y dices: “Si estás dispuesto a trabajar duro, podrás lograr lo que te propongas”. Aunque las palabras utilizadas sean las mismas, su impacto queda de algún modo disminuido debido a que la disposición a “trabajar duro” ha sido colocada en primer término de la secuencia. El resultado final se parece más a un intento para convencer a alguien de que trabaje duro, que a una afirmación de que podrá “lograr lo que se proponga”. En esta segunda versión, “lograr lo que se proponga” parece más bien una eventual recompensa por haber “trabajado duro”. En la primera afirmación, en cambio, “trabajar duro” quedaba enmarcado como un recurso interno, necesario para “lograr lo que te propongas”. Esta diferencia, aunque sutil, puede ejercer un poderoso impacto sobre el modo en que el mensaje es recibido y entendido.