Cuando el propósito dirige la actividad, un objetivo concreto crea un tipo de marco que, a su vez, determina lo que percibe como relevante, exitoso y situado “dentro del marco” y lo que considera irrelevante, “fuera del marco”.

En una sesión de “bombardeo de ideas” o brainstorming, por ejemplo, el objetivo consiste en conseguir que afloren ideas “nuevas y singulares”. Utilizar analogías poco habituales, contar chistes atrevidos, formular preguntas aparentemente tontas y comportarse de un modo un tanto “extraño” son actividades relevantes y positivas en ese contexto concreto. Señalar soluciones y políticas ya existentes como “la respuesta correcta”, o evaluar si algo de lo que se dice es o no “realista” resultaría, en cambio, inadecuado y estéril en ese mismo contexto.

Por otro lado si, en lugar de un bombardeo de ideas se trata de la fase final de las negociaciones con un cliente clave, el objetivo consistirá probablemente en establecer y alcanzar un consenso sobre las prioridades para la culminación y entrega de determinado producto o servicio. Con respecto a ese objetivo, parece menos probable que utilizar analogías poco habituales, contar chistes atrevidos, sea percibido como relevante y útil, a menos, por supuesto, que la reunión se haya estancado en un estado que requiera un poco de bombardeo de ideas para su superación.

De forma parecida, comportamientos diferentes serán percibidos como más relevantes y útiles para “conocernos mejor” que para cumplir con un plazo inminente. De este modo, cambiar el objetivo que constituye el foco de la atención con relación a determinada situación o interacción alterará nuestros juicios y nuestras percepciones acerca de lo que resulta o no relevante y significativo para ese contexto concreto.